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Club de ArquiLectura

"Hay muchas veces libros sin Doctor que los lea; hay también otras Doctores que carecen de Libros: lo uno y lo otro es perjudicial en la República, y así en la Arquitectura si no se leen son superfluos los Libros". (Juan Caramuel, 1678)

EL URBANISMO DEL BURRO = URBANISM OF THE DONKEY

Carlos Javier Irisarri Martínez Profesor de Deontología e Historia del Arte y Arquitectura Blog Club de ArquiLectura Publicado 31 Mayo 2018

Nuestras ciudades nos están fallando cuando más las necesitamos. Las transformaciones del siglo XIX, de los años 20 ó 50 del pasado siglo, van a ser poca cosa con lo que estamos empezando a vivir. Vamos hacia la “Smart City” y más allá mientras medio mundo aprende a ser ciudadano. Y sin embargo en el medio urbano lo que menos caben ahora son las personas.

Somos herederos de décadas de funcionalismo, de medidas y dimensiones, de parámetros de circulación e índices de edificabilidad. Ensanches como los realizados en las últimas décadas, en los que la medida humana está completamente ausente, son buenos ejemplos de unos entornos desfavorables al desarrollo de los individuos, esclavos del coche y del centro comercial. Vendieron sus necesidades vitales por una piscina comunitaria. Los centros, por otro lado, han ido perdiendo su espíritu en pro de la excitación económica, del turismo de masas, de la especulación con la hostelería instantánea, de la plaga de los MUPIs. La gentrificación es favorecida en secreto por los Ayuntamientos que en público predican lo contrario, mientras cualquier ingeniero se siente legitimado para plantar sus impúdicas instalaciones en lo que fueron los mejores espacios públicos.

A ello se suman hoy las erradas maniobras de equipos incapaces de tomar decisiones, eso que se ha venido en llamar “urbanismo táctico” y que no es otra cosa que el castigo al habitante con la prueba y el error constante, con medidas que se varían constantemente a golpe de estadística y que no buscan la mejora del hábitat sino sólo de la cuenta electoral. Ya no dibujan los técnicos, ya los expertos no tienen cabida: en esta nueva era los políticos han tomado el lápiz, siendo por desgracia los peores dibujantes.

Sobre estos precedentes ya malditos empieza a superponerse una nueva realidad, esa del internet de las cosas, que hará que la ciudad sea inteligente. ¿Qué ciudad, la de los ingenieros o la de los políticos? ¿Qué inteligencia desplegarán nuestras calles, la que haga ganar votos o la que permita más coches por minuto?

Durante mucho tiempo he escondido esta opinión frente a mis colegas, pero ya nada me da miedo para afirmar: ¡viva el urbanismo del burro!. Viva ese urbanismo que Le Corbusier atacaba como inhumano frente a la ciudad llana, ortogonal, de bloques aislados y grandes autopistas. ¡Maldito suizo, que sabrías tú de lo que era un ser humano, tú que pretendías que habitáramos en máquinas! Nada hay mejor en una ciudad que seguir su topografía, que aprovechar sus sombras, aguas y brisas naturales, que la sorpresa de un panorama bien estudiado. Lo que el antipático gafotas defendía como el modo inteligente de hacer ciudad no ha traído más que desgracias.

Tiempo es de sacar de nuevo de nuestros estantes el viejo y maravilloso tratado de Camilo Sitte, su “Construcción de ciudades según principios artísticos” y recuperar al ser humano y su sed de belleza, volver a usar ladrillos en vez de bloques de granito (Sennet dixit), y añadir a la planta la dimensión vertical. Contra la rigidez y esterilidad defendamos la irregularidad y la sorpresa, el encanto de la plaza sin obstáculos, el concepto mediterráneo de ciudad que para Gehl fue una epifanía. Diseñemos de nuevo ciudades que ahorren energía, soleadas en invierno y sombreadas en verano, con cubiertas naturadas limpiando el aire, con orientaciones que permitan las mejores brisas. Volvamos a trazar con principios artísticos calles en curva, efectos de perspectiva, hitos y remansos, distancias a escala humana, espacios realmente públicos sin el acoso de la publicidad, donde se favorezca la relación con nuestros vecinos. Y sobre todo tengamos a la naturaleza participando en la ciudad. Tengamos, por fin, al burro.

Our cities are failing us when we need them most. Transformations of nineteenth century, of the 20s or 50s of the last century, are going to be little thing with what we are beginning to live. We are going to the "Smart City" and beyond while half the world learns to be a citizen. Meanwhile in the urban environment, the least they can fit now are people.

We are heirs of decades of functionalism, measures and dimensions, circulation parameters and buildability indexes. City extensions as those made in recent decades, in which the human measure is completely absent, are good examples of environments unfavorable to the development of individuals, slaves of the car and shopping center. They sold their vital needs for a community pool. The centers, on the other hand, have been losing their spirit in favor of economic excitement, mass tourism, speculation with instantaneous hospitality, the plague of MUPIs. Gentrification is favored in secret by the City Councils that publicly preach the opposite, while any engineer feels legitimized to plant his impudent facilities in what were the best public spaces.

Added to this are the misguided maneuvers of teams unable to make decisions, what has come to be called "tactical urbanism" and which is nothing other than the punishment of the inhabitant with constant proof and error, with measures that vary constantly at the stroke of statistics. They do not seek to improve the habitat but only the electoral account. The technicians no longer draw, and the experts have no place: in this new era the politicians have taken the pencil, unfortunately being the worst draughtsmen.

On these already damned precedents, a new reality begins to superimpose itself, that of the internet of things, which will make the city smart. What city, that of the engineers or that of the politicians? What intelligence will our streets unfold, which will win votes or allow more cars per minute?

For a long time I have hidden this opinion in front of my colleagues, but now nothing frightens me to say: Long live the donkey urbanism! Long live that urbanism that Le Corbusier attacked as inhuman in front of the flat, orthogonal city of isolated blocks and great highways. Damn Swiss, you would know nothing about what a human being was, you who wanted us to live in machines! There is nothing better in a city than following its topography, taking advantage of its shadows, waters and natural breezes, than the surprise of a well-studied panorama. What the unfriendly speccy defended as the intelligent way of making a city has brought nothing but misfortunes.

Time is to take back from our shelves the old and wonderful treatise of Camillo Sitte, his "Construction of cities according to artistic principles" and recover the human being and his thirst for beauty, to use bricks instead of granite blocks (Sennet dixit), and add the vertical dimension to the plant. Against rigidity and sterility, we defend the irregularity and the surprise, the charm of the square without obstacles, the Mediterranean concept of city that for Gehl was an epiphany. Design again cities that save energy, sunny in winter and shaded in summer, with green roofs cleaning the air, with orientations that allow the best breezes. Let us trace with artistic principles curved streets, effects of perspective, milestones and backwaters, distances on a human scale, really public spaces without the harassment of publicity, where the relationship with our neighbors is favored. Above all, let us have nature participating in the city. Let us finally have the donkey.

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