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LA CIUDAD QUE CUIDA / CITY THAT CARES

Carlos Javier Irisarri Martínez Profesor de Deontología e Historia del Arte y Arquitectura Blog Published 16 April 2021

No hace mucho hablaba por aquí de cómo un funcionalismo mal entendido había tomado el mando del diseño urbano. La experiencia del ciudadano, la belleza que lo debe envolver, es el factor de menor importancia entre quienes hacen ciudad en nuestro nombre. Y me atreví a defender una vuelta a Sitte y sus principios artísticos en la construcción urbana. Qué atrevimiento, qué falta de modernidad.

Con este preámbulo era inevitable que “La ciudad de los cuidados” (Izaskun Chinchilla, 2020) me resultara interesante, siendo además avalado por la recomendación de gente respetable (virtual en el caso de María Pura Moreno, presencial en el de Francisco Domouso). Más: por el libro desfilan no sólo Sitte, sino también Alexander, Lynch, Gehl, Jacobs, Rowe, Rasmussen o Norberg-Schulz. Viejos conocidos a los que se debería leer y aplicar más.

Me tenía que gustar, vaya. Y así ha sido. Me he encontrado un planteamiento original e inteligente, heredero de todo ese pensamiento anterior y que coloca un eslabón más. En efecto, la consideración del hábitat urbano como de un ecosistema cuya función debe ser cuidarnos puede que no sea toda la verdad, pero sin duda es buena parte de ella.

Aquí se constata que el funcionalismo mencionado diseña, curiosamente, para un modelo de ciudadano que no es ni mucho menos el más frecuente, ni siquiera el que más utiliza la ciudad. Mientras, el resto de la población es ninguneada, cuando no directamente perjudicada. Y como dice la autora, todo es cuestión de perspectiva: “en una playa, una niña de 4 años puede estar mejor adaptada al entorno que un director de banco de 45”.

De todos los ejemplos y casos que recopila Chinchilla, quizá el más contundente sea el de la moderna tipología de aeropuerto, a la que se nos convoca con horas de adelanto… ¡para que nos de tiempo a recorrer un larguísimo itinerario planteado a medida de las tiendas! Como muy bien reclama la autora, hay que reivindicar el derecho a llegar hasta nuestro avión por el camino más corto, pardiez. Y así con todo.

Y es curioso cómo parte del problema es también a menudo el exceso de cuidados, siempre que su motivación sea evitar problemas a la administración y no la felicidad del ciudadano. Bolardos, cercas en los parques infantiles, exceso de señalética, etc., no hacen más que evitar el ejercicio de la decisión individual y con ello, favorecer la frustración de quienes deben usar SU espacio de la única forma que los gobernantes les permiten.

Con todo esto, aquí tenemos otra pieza de apoyo a una renovación de nuestras ciudades. No podrán decir nuestros administradores que no han tenido en los últimos años suficiente material que les guíe en sus labores. Otra cosa es su incapacidad de aprovecharlo o la falta de voluntad política de hacer algo que trascienda a las próximas elecciones. Pero es tiempo ya de ponerse manos a la obra, que si no es ahora será nunca.

(Sólo una nota negativa… por favor, esto del lenguaje inclusivo… hace la lectura insufrible. Pura cuestión de comunicación).

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Not long ago I was talking here about how a misunderstood functionalism had taken over urban design. The experience of the citizen, the beauty that should surround him, is the least important factor among those who make the city in our name. And I dared to defend a return to Sitte and his artistic principles in urban construction. What audacity, what lack of modernity.

With this preamble, it was inevitable that "The city of care" (Izaskun Chinchilla, 2020) would be interesting to me, being also endorsed by the recommendation of respectable people (virtual in the case of María Pura Moreno, in person in Francisco Domouso's). More: not only Sitte, but also Alexander, Lynch, Gehl, Jacobs, Rowe, Rasmussen or Norberg-Schulz parade through the book. Old acquaintances who should be read and applied more.

I had to like it, wow. And so, it has been. I have found an original and intelligent approach, heir to all that previous thought and that places one more link. Indeed, the consideration of the urban habitat as an ecosystem whose function should be to take care of us may not be the whole truth, but it is undoubtedly a good part of it.

Here it can be seen that the aforementioned functionalism designs, curiously, for a citizen model that is by no means the most frequent, not even the one that uses the city mostly. Meanwhile, the rest of the population is ignored, when not directly affected. And as the author says, everything is a matter of perspective: “on a beach, a 4-year-old girl may be better adapted to the environment than a 45-year-old bank manager”.

Of all the examples and cases that Chinchilla compiles, perhaps the most compelling is that of the modern airport typology, to which we are summoned to go many hours in advance ... so that we have time to travel a very long itinerary tailored to the stores’ needs! As the author very well demands, we must claim the right to get to our plane by the shortest route, wow. And so, with everything.

And it is curious how part of the problem is also often excessive care, provided that its motivation is to avoid problems for the administration and not the happiness of the citizen. Bollards, fences in playgrounds, excessive signage, etc., do nothing more than avoid the exercise of individual decision and with it, favor the frustration of those who must use THEIR space in the only way that the rulers allow them.

With all of this, here we have another piece of support for a renewal of our cities. Our administrators will not be able to say that they have not had enough material in recent years to guide them in their work. Another thing is their inability to take advantage of it or the lack of political will to do something that transcends the next elections. But it is time to get down to work, that if it is not now it will never be.

(Just a negative note ... please, this inclusive language thing ... makes the reading insufferable. Pure matter of communication).

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