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Música en la UE

GRABAR O EL JUEGO FAVORITO

Área de Música Área de Música de la Universidad Europea Blog Música en la UE Publicado 04 Abril 2017

GRABAR O EL JUEGO FAVORITO

Abel Hernández, profesor del Grado en Creación Musical de la Universidad Europea

Varias veces he escrito en clave de semi-automática intentando captar y descifrar el extraño trance de grabar un disco, o una canción, o una sola pista, en un estudio de sonido. Sobre la mecánica psíquica que se pone en marcha al registrar, sobre la balada emocional que suele producirse en sus alrededores y esperas, en las tensiones nerviosas, en los egos aguzados y disueltos en algo común, en la excitación de humanos y máquinas. Intuyo que podría construirse toda una religión en sus rituales y abismos aunque sólo se trate de colocar algunos aparatos, tocar algo y pulsar ciertos botones.

Por ejemplo, en su momento, con una distancia de casi 15 meses y sin meditar conexión alguna, publiqué en La columna de aire (mi blog de elcultural.es) lo que sigue.

Ahora que casi están terminado la producción de las canciones que integrarán el volumen 2 de la serie de discos Sesiones 316, me gustaría dedicárselos a Álvaro O., Anto, Dani, Emilio, Gabri, Ire, Pablo, Santi y a Alejandro, Álvaro A., Andrés, Belén, Clau, Iago, María, Raúl L., Raúl M.

 

Pat ha destilado el dolor,

lo ha glorificado en una cámara de ecos.

Leonard Cohen. El juego favorito

EXTERIOR

Los músicos han llegado todos juntos hace unas horas han pasado la mañana entre temblores de apenas disimulada excitación y temor, bajo capas de bromas y chistes privados, anécdotas mundanas y conversaciones sobre cosas ajenas al asunto. Cosas de los periódicos, chismorreos o comentarios sobre la noche anterior con los que desviar la atención, o recordatorios más bien serios y analíticos de cómo afrontar ésta o la otra canción. En realidad, qué raro es grabar un disco.

Consiste en exaltar un registro del dolor, el amor, el entusiasmo, la fugacidad, el baile, la poesía o los asuntos frívolos de la existencia convertidos en canción para provecho de los otros. El músico, cuando los que gobiernan el estudio encuentren la manera de hacerlo correctamente, colocará su alma, sea ésta lo que quiera que sea, bajo un foco hasta que empiece a oler raro, a algo cocinado que en realidad no se come, o a alguna cosa que sí se come pero debe pasar tanto tiempo en el horno que al sacarla no es más que un amasijo de carbones y chorritos de grasa, de elementos retorcidos hasta volverse irreconocibles, que puede ser quebrado igual que una caña seca. Podrá hacerlo con ansiedad, intensidad o fiereza, con el sufrimiento de la perfección inalcanzada o con la mayor de las ligerezas y desapasionamientos. Pero qué cosa tan extraña y tan natural a la vez, ese contumaz deseo de apresar de una sola forma y engalanar hasta donde se deje esa criatura inconsciente que se debate entre la vida y la muerte, esa idea de un edificio que jamás tendrá aspecto físico tangible, que se quedará en el terreno universal de lo abstracto pero acabará convertido en un lugar público que el resto del mundo pueda habitar, en la encarnación de una emoción y sensación o conjunto de ellas. Una forma más de transcendencia y posteridad pero una forma peculiar, sin duda.

A estas horas, pasado el primer rato de exploración, preguntas y curiosidades, los músicos parecen ya acostumbrados a esas habitaciones con algo de cámara de antiguo manicomio, algo de sala de estar de diseño futurista y mucho de cabina de control aéreo, tan acolchadas, con sus sofás y paneles acústicos y con sus pantallas y sus filas y columnas de aparatos de botones desconocidos.

En realidad, qué extraño lugar el estudio de grabación, si no fuera por los instrumentos, los más conocidos y las curiosidades, la colección de guitarras, percusiones, teclados, la mesa de grabación y mezcla. Allí, una especie de equipo de cazafantasmas trata de capturar tan intangible ectoplasma como el sonido peculiar producido por una serie de desconocidos que han desembarcado por unos días con sus propias normas de hacer y tocar la música. El experto en sonido encargado de registrar sólo lo más válido de los intentos, de momento no escucha las palabras que el cantante ha repetido veinte veces ya por cada uno de los diferentes micrófonos con que se intenta captarla mejor textura de la voz. Una grabación es un trasiego de luces que se encienden y brotan hasta un punto del que no deben pasar, de medidores de frecuencias, de pantallas donde los espectros son asimilados y transformados primero por la ciencia y luego por la tecnología. Es una mezcla como pocas de ingeniería y psicología, de música y tecnología, de error humano aceptados, orden consensuado, casualidad y muchas mediciones.

Hace cinco minutos que los músicos que no andan empantanados encontrando el sonido de su instrumento hablan de la hora en que se parará para comer. Se habla y durante días hablará de tipos de sonido de cada instrumento en cada pasaje de cada canción, del volumen, la claridad, el hilado entre el bajo y los tambores, la distinción de las dos guitarras, la dimensión de los coros, reverberación, caos, distorsión y crípticos códigos internos en lenguaje no verbal, se hablará entre risas o malos humos de tomas buenas o malas. Pero hasta el más disimulado sabe que está allí, trajinando con esa cámara de ecos que es el estudio de grabación, para conseguir convertir el ruido fallido en una expresión clara del desierto, el traqueteo cojo y caprichoso en un ritmo efectivo y persistente que nos conecte de pronto con el frustrado camino de lo primitivo, la incompetente imitación de los pájaros y el viento que se queda en aullido de animal herido, en un dulce o áspero sonido salido de una garganta encajando las palabras pensadas por escrito para ser cantadas.

Cuánta turbación puede llegar a esconderse detrás de cada pista grabada, de cada acorde de la guitarra o golpe. Cuánto placer también, a veces, cuánto abandono.

INTERIOR

Dentro de la elemental soledad de los auriculares, en los límites un tanto agónicos de la sala seca y los paneles de separación acústica, en ese vacío sonoro que transmite una inquietud tan parecida a la sensación de estar volando, el músico espera el momento de su entrada para grabar. Un primer golpe acertado es imprescindible para que la canción siga rodando. Si la entrada es mala, todo vuelve a empezar sin apenas haber comenzado.

Todos sus esfuerzos se afanan ahora en poner la mente en una frecuencia cristalina y sincrónica con lo que tiene que tocar precisamente en ese instante. Evitar la mugre, esas interferencias del ego tan sutiles como el movimiento de alas de un pequeño insecto descolorido, junto con el capricho de cuando se es uno más entre la gente. Busca dentro de sí esa concentración crucial propia del tirador o el atleta, aquello de convertirse en la flecha y la diana, afinar la puntería sin perder la soltura, dejándose llevar, sin dejar de disfrutar con el momento único.

El músico aspira a que cierto tipo de honestidad aflore en los pocos segundos o minutos que durará su intervención y fluya, fantasiosa, junto con la música que suena de fondo, que han edificado los otros (músicos). Que ondule cargada de artificio igual que el río lleva consigo cosas vivas y muertas después de un diluvio. Hay una autopista sensorial en esa búsqueda antinatural de naturalidad, en esa persecución de la gracia, eso es así. Se manifiesta como algo sube por las venas desde las tripas hasta el cerebro y se hace con el espacio interior de uno y entonces se disuelve y hay que volver a empezar a conquistarlo. Hay un sentido a la existencia ahí. Algo que responde a la pregunta “¿Quién soy?”

Afuera, en tierra, a diez mil leguas de distancia de ese fondo submarino, de esa cápsula perdida en el espacio infinito, los demás músicos y el técnico charlan, más o menos atentos a lo que le sucede a él allí dentro, tratando de mantenerse indiferentes y aburridos, ocultando su impaciencia al tipo solitario de ahí adentro, con sus chistes y conversaciones sobre cualquier otro asunto. Alguno tararea la canción que se está grabando, toqueteándola con cualquier instrumento, preparando su turno, su momento alfa y omega, buscando nuevas ideas que antes no se le ocurrieron. Esa es la otra rutina en que se convierte también la grabación de un disco. El proceso de hacer una toma suele parecer mucho más largo de lo que en realidad es. La finalidad, la idea de terminación, existe, pero lo adecuado es que quede fuera de la sala de grabación. Preparar la pista, hacer una toma y otra toma y otra pista y doblar…

En los auriculares, suena la claqueta con los compases de espera, otra cuenta atrás. Es muy raro porque el sonido que ahora eriza la piel de nuestro músico (que incluso llega a provocar una cierta sacudida voluptuosa) se percibe a la vez como algo accidental, instantáneo y efímero que, no obstante, fuera a quedar suspendido en el aire para siempre. No sabemos si en realidad será así (o si, como dicen, los ecos de una sala de grabación acaban por apagarse del todo, absorbidos en forma de energía calorífica por las paredes). Pero, de ser ésta la toma buena, quedará registrada y acaso más tarde acabe siendo un pequeño pedazo de un álbum lanzado al espacio del mundo. Con ello alcanzará cierta forma contemporánea de ingravidez eterna. Sí, es muy raro y no acaba de llegarse a un acuerdo sobre qué ocurre ahí adentro. Lo más plausible es que simplemente se trate de dos tiempos diferentes que se solapan.

 

And when it’s all complete

He feels like a hunter on the street.

Bill Callahan, Prince Alone in the Studio

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