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La empresa es un mundo, y el mundo es una empresa

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VALORES, PRINCIPIOS Y LA EDUCACIÓN

Máximo Cortés Navajas Prof. Dr. D. Empresa Blog La empresa es un mundo, y el mundo es una empresa Publicado 18 Junio 2017

Se habla últimamente con bastante frecuencia y ligereza de cuestiones relativas a los “valores” que caracterizan o identifican a una entidad, organización, institución, colectivo, e incluso región o país. Hasta en temas tan mundanos como el fútbol, se hacer referencia y se polemiza sobre los valores que definen a un determinado club, comparándolos con los valores de otros que se catalogan como más o menos ejemplares. Se visualizan los valores como algo casi físico y palpable, sobre lo que construye y sustenta  una organización y, que deben asumir como propios, todos los que estén implicados en ella.

Los valores equivalen a principios éticos que se supone, son la base del funcionamiento operativo y de los fines propuestos de los responsables y líderes de esa organización; deberían ser  permanentes e indisolubles, o si acaso, revisables para bien.

En el ámbito de la empresa,  se pueden establecer 5 sistemas característicos que describen a cada compañía. Por una parte, estarían el sistema técnico (instalaciones, medios, recursos, procedimientos operativos), el sistema humano (personas partícipes, con sus capacidades, su formación, su motivación y su forma de relacionarse y organizarse) y el sistema de dirección (estilo, normas y manera de dirigir cada empresa). Y por otro lado, dos sistemas más etéreos y subjetivos: el sistema cultural (principios y valores éticos característicos) y el sistema político (influencias externas e internas, intereses y luchas de poder). Este último sistema, que tiene directa relación con el cultural, aunque aparente poco peso específico, puede tener una influencia decisiva en el devenir de la compañía y ser detonante de negativos resultados sociales y económicos, pues redunda en un clima interno viciado que perjudica seriamente  la salud e imagen de la organización y propicia las malas prácticas, las controversias y los  enfrentamientos.

Un ejemplo común lo tenemos en el caso de las empresas familiares, donde las desavenencias entre unos y otros terminan por minar a la organización, de tal manera que acaba quebrada o mal vendida a terceros, desvaneciéndose así los valores sobre los que se originó y los valores de la propia familia propietaria; en España recientemente se han vuelto a vivir  situaciones de este tipo.

Para analizar a una empresa,  podemos detenernos y describir cada uno de estos sistemas sin olvidar por tanto el sistema cultural, que es de donde se deben generar las  bases para fundamentar el papel y la aportación de cada firma en el entorno y en los mercados donde opere; servirán de emblema para crear una imagen corporativa que transmita esos  principios y, que estos, se trasladen a la forma de actuar y comercializar sus bienes.

El problema es que esos principios o valores fundacionales de los que se hace gala, y de los que se presume a través de lemas que tratan de transmitir la idílica misión y visión de cada empresa o institución, en ocasiones, quedan reducidos a pura parafernalia o se dejan aparcados. La falta de conciencia y responsabilidad social y medioambiental, las malas artes en la comercialización, la explotación de mano obra y los escándalos financieros, siguen siendo más frecuentes de lo deseable, generando desconfianza e insatisfacción global.

A veces, esos idóneos valores que son como el “adn”, se modifican alegando cuestiones de adaptación a los nuevos tiempos o a los nuevos intereses. Cabe aquí resaltar y aplica la frase del celebérrimo actor cómico Groucho Marx: “He aquí mis principios, pero si no les gustan, tengo otros”.  Parece claro que los valores y principios, no deben convertirse en una pose y una prenda de quita y pon.

La cuestión puede empezar desde la educación propia en valores fundamentales de las personas en general, a sabiendas de que algunas de ellas serán las que terminan creando y dirigiendo las instituciones y compañías más influyentes. ¿Es posible enseñar a asumir valores y principios éticos en las escuelas y universidades? Las opiniones que cuestionan esto,  tiran del argumento de que todo termina corrompiéndose y que las personas en sí, por mucho que se les adiestre en lo benigno, no son una excepción. Pero esa premisa es descorazonadora, negativa y supone defenestrar y dar nula credibilidad a la condición humana.

En relación y como colofón a estas ideas, me permito reflejar literalmente unas ilustrativas frases extraídas de la conferencia y clase magistral (Ser Universitario, hacer Universidad) dictada en el seminario de comunicación de la Universidad Europea de Madrid el pasado mes de abril del 2017, por parte del Maestro Dr. D. Bienvenido Gazapo, dirigiéndose a los estudiantes universitarios:

“Contraria a la verdad (y mucho más grave que el error) es la mentira que hoy campea a sus anchas en el orden social, político, económico, relacional… La llaman corrupción, demagogia, ingeniería económica… Es un tema grave que debe dejar de preocuparnos, porque la mentira destruye al hombre”

“Es fundamental que el compromiso de vuestra formación universitaria se abra al interrogante existencial del sentido de vuestra vida, porque la investigación tiende al conocimiento, mientras que la persona necesita también la sabiduría, es decir, la ciencia que se manifiesta en el saber vivir”.

“Sois personas, no individuos. Nos os cerréis en vuestro propio castillo. Ejercitad vuestra libertad para el bien, que pasa por la entrega a los demás. Poned la vista en ayudar al de al lado, quizá más necesitado que tú en algo. Haced algo por los demás. Sed generosos, que la generosidad es fuente de alegría”

“Así, creo, podremos ser constructores en vosotros mismos de un hombre sin reduccionismos, y construiréis de rechazo un mundo mejor que el que os habéis encontrado”.

 

 

 

 

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Comentarios (3)
Pablo Pérez (no verificado)
27 Junio 2017 07:58 pm Responder

Está claro que los principios y valores de los que alardean muchas entidades e instituciones, presumiendo de que se preocupan por el bien social y, en el caso de las grandes empresas, anteponiendo según proclaman al cliente y sus trabajadores por encima de otros intereses, se vienen abajo ante la debilidad humana y la excesiva codicia, cuestión que tristemente parece no tener remedio.

LUCÍA SOTO (no verificado)
17 Julio 2017 09:19 am Responder

La verdad es que confiamos ciegamente en las marcas que consumimos y nos fijamos bastante poco en lo que pueda haber detrás, sobre todo en productos de consumo. En empresas de servicios ya es otro cantar, porque el contacto directo y el trato recibido en muchas ocasiones nos indica que el cliente al final está en el último eslabón de sus preocupaciones, lo que no se corresponde para nada con lo que promulgan estas compañías en sus anuncios publicitarios y comunicados.

ANA MARTÍN (no verificado)
17 Julio 2017 09:27 am Responder

Creo que las empresas más influyentes deberían reforzar toda la cuestión de responsabilidad social y ética porque la gente empieza a valorar en mayor medida estas cuestiones, que influyen mucho en la imagen y reputación de sus marcas. El problema es que muchos de los organismos y auditoras que controlan las prácticas de las empresas, también se ponen bajo sospecha, y existen ejemplos recientes que así lo atestiguan.

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