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Guitarras de 12 cuerdas: En el origen del Folk-rock y el Power-Pop

Área de Música Área de Música de la Universidad Europea Blog Música en la UE Published 17 April 2017

Guitarras de 12 cuerdas: En el origen del Folk-rock y el Power-Pop

Por Ernesto González. Profesor Grado en Creación Musical de la Universidad Europea de Madrid

En general, hay muchos instrumentos que en sí mismos son capaces de dejar una impronta reconocible en la música de quien los toca, habiendo ido la guitarra de 12 cuerdas un paso más allá, ya que su sonido abundante, compuesto y perfecto (como el número 12), es capaz de dejar una huella perenne en la memoria, así como convertirse en el ADN mitocondrial de un estilo como el folk-rock, que sin ella no habría vivido ni la mitad de gloria.

Guitarras, normalmente, de diseños clásicos y hechuras pluscuamperfectas -donde que yo sepa no ha habido lugar para la extravagancia estética- suelen disponer de largas palas plagadas de clavijas que las coronan,  estilizando su figura, a la vez que las distinguen de las guitarras de seis cuerdas a simple vista, a excepción de una de las reinas de la fiesta: las Rickenbacker, que entre otras innovaciones, fueron capaces de colocar los doce clavijeros en una pala, aparentemente, normal, simplemente usando clavijas metálicas y disponiéndolas de forma alterna en horizontal y en vertical. Por lo demás, suelen ser guitarras normales que ni añaden ni prescinden de ningún elemento básico que se utilice en las guitarras de 6 cuerdas. Las hay eléctricas, acústicas, con tres pastillas, con dos, sólidas o de caja, etcétera.

Su misterio o mística sonora está en las cuerdas. En el hecho de que sean doce y en cómo éstas se disponen para que puedan ser tocadas.

12 cuerdas distribuidas en 6 pares, cada uno de ellos bien juntos para que puedan ser pulsados por las yemas de los dedos.  Por lo general, cada par se toca simultáneamente, afinándose el primer (Mi – E) y el segundo (Si – B) par al unísono ya que se trata de cuerdas del mismo calibre o grosor y que soportan la misma tensión. Tercer (Sol – G), cuarto (Re – D), quinto (La – A) y sexto (Mi – E) par están afinados con la diferencia de una octava entre la cuerda aguda y la grave.

En casi todas las guitarras (el 100% de los modelos acústicos y el 99 % de los eléctricos, que yo sepa) si tocamos un acorde de arriba abajo, la primera cuerda que encontramos es la aguda, sin embargo, Rickenbacker invirtió los pares, siendo las cuerdas graves las que se tañen primero, de ahí que las “Ricks” sean tan especiales ya que confiere a su sonido una pegada característica y un contraste perfecto entre pares agudos y graves, donde los riffs cobran vida propia (“So You Want To Be A Rock ‘n’ Roll Star”, “So, Central Rain”…) y los acordes se convierten  en torbellinos (“A Hard Day’s Night“, “I Wanna Be With You”…).

Cada guitarra de 12 cuerdas, como cada instrumento, es un mundo. Al margen de las peculiaridades de unas y otras, sí que hay varias características sonoras que se pueden generalizar a todas ellas: Por un lado, está la sensación “orquestal” del sonido de los acordes abiertos; por otro, el efecto “chorus” natural  que producen las 12 cuerdas, sonando a la vez las notas y sus octavas. No obstante, estas características que por un lado la subliman, por otro la convierten en un caballo de harmónicos desbocado por lo que es muy aconsejable (Beatles y Byrds lo usaban) utilizar las guitarras de 12 cuerdas junto con compresores, que no es un efecto en sí, sino, para entendernos, un estabilizador y normalizador de frecuencias, muy útil para los fraseos melódicos y para los arpegios. El Janglebox es el pedal de compresión por excelencia, aunque hay muchas otras opciones.

A pesar de ser un instrumento que generalmente se asocia con el folk en todas sus vertientes, su utilización más temprana está documentada en el legado de algunos bluesmen que comenzaron sus carreras en las primeras décadas del siglo XX como Blind Willie Mc Tell, Leadbelly, Robert Lockwood y Big Joe Williams, entre otros. No obstante, no es hasta la década de los 50 cuando descubrimos al primer folkie notable con una guitarra acústica de 12 cuerdas: Bob Gibson, autor de un clásico del género como “Yes I See” (1961).

En 1963 se publicó el álbum “Blues, Rags and Hollers” de Koerner, Ray & Glover, el trío de blues blanco de Minessota dirigido por la guitarra de 12 cuerdas de “Spider” John Koerner.

Algo más tardía fue la carrera del primer “guitar hero” blanco con guitarra de 12 cuerdas, Dick Rosmini cuyo “Adventure for 12 String, 6 String and Banjo” (1964) es uno de los discos importantes del género. Del mismo año es el “The Astounding 12 String Guitar” de Glen Campbell, un trabajo que rivaliza con el de Rosmini por el trono de mejor intérprete. Dos obras, en cualquier caso, básicas para el que quiera escuchar lo que se puede hacer con una guitarra acústica de 12 cuerdas.

Lejos del ejercicio de estilo se sitúa el clásico, también de 1964, “Tear Down The Walls” de Fred Neil y Vince Martin. Vozarrones sin igual acompañados por acústicas de 12 cuerdas que lo llenan todo, aunque dejan algo de hueco para los cameos de Felix Pappalardi y John Sebastian.

Aunque el verdadero hito de 1964, y que cambiaría el semblante del folk para siempre fue la publicación del tercer álbum de The Beatles, “A Hard Day’s Night” y de la película del mismo título, así como los acontecimientos que desencadenaron. Según nos desvela Fernando López Chaurri en su libro “The Byrds. Más jóvenes que ayer”, Francis C. Hall, dueño de Rickenbacker, aprovechando la visita del cuarteto de Liverpool a Nueva York para grabar el “Show de Ed Sullivan”, montó un expositor en el hotel Hilton con sus últimos modelos de guitarras, incluyendo la 360-12. Harrison no pudo asistir y fue Lennon quien probó la guitarra y la recogió para llevársela a su compañero. George Harrison no dudó en usarla y, de paso, convertirla en una de las señas de identidad de la banda en ese periodo.

En paralelo, unos jóvenes afincados en Los Ángeles, y que respondían al nombre de Jet Set, acudieron en pleno al cine para ver “A Hard Day’s Night”. Jim McGuinn, Gene Clark y David Crosby salieron impresionados por el despliegue musical y estético de The Beatles. McGuinn no perdió detalle de cómo usaba George Harrison la Rickenbacker 360-12 y, nada más salir, del cine decidió trabajar con guitarras de 12 cuerdas. El arpegio final de “A Hard Day’s Night” fue el que le sirvió, en un primer momento. Aunque fueran The Beatles los inspiradores principales, no hay que olvidar, al menos, a otro par de grupos británicos de la época que ayudaron a conformar el cocktail musical que la prensa bautizaría poco más tarde como folk-rock.

Que lo tradicional podía electrificarse, lo habían dejado claro The Animals con su antológica versión de “The House of The Rising Sun”; que las guitarras podían sonar celestiales, además de The Beatles, también lo habían dejado claro otro buen puñado de grupos, entre los que, a oídos de McGuinn y Clark, destacaron The Searchers y su “Needles and Pins”. Parece que no está grabado con una guitarra de 12 cuerdas sino cruzando dos rítmicas de seis, que consiguen un efecto similar, aunque con algo más de desfase (delay) entre notas.

De todos los ingredientes del cocktail folk-rock, ya teníamos tres: Bases rítmicas beat, melodías pastorales y tintineantes Rickenbacker de 12 cuerdas. Para que aquello cogiera forma definitiva, faltaba arrinconar los textos de amor y desamor y dar paso a la poesía.

Jim Dickson, manager de The Jet Set (el grupo de McGuinn, Clark y Crosby), tardó en hacerle caso a Dylan, pero terminó por prestarle atención. Cuenta la leyenda que fue Dickson quien al enterarse de que Dylan había grabado “Mr. Tambourine Man” y no la había incluido en “Another Side of Bob Dylan”, pidió una copia y le fue enviado un acetato de una versión de la canción con Ramblin’ Jack Elliot. Aunque The Jet Set no fue la primera opción de Dickson, terminó dejando en sus manos la versión, pero la banda nunca lo vio claro. No fue hasta que McGuinn cantó la voz principal y cambió el compás, cuando el grupo empezó a tomárselo un poco más en serio. Más tarde McGuinn terminó de hacer “suya” la canción añadiendo el legendario riff que la presenta.

Mientras, Dylan, sabía que un grupo nuevo en plan Beatles estaba trabajando en una canción suya. Ante el interés de la estrella de Duluth, se programó una escucha en el estudio de grabación. The Jet Set la tocaron y Dylan dijo aquello de “Tíos, esto se puede hasta bailar”. Estas palabras fueron definitivas para que la banda decidiera grabar la canción, que se publicó, ya como The Byrds, en la primavera de 1965. El millón de copias que se vendieron del single, reorganizaron el mapa sonoro y dieron paso a las listas de éxitos a la versión de consumo del folk vía rock. Aunque otros artistas, como The Beatles, The Animals, etcétera, habían mostrado ya las posibilidades de electrificar y arreglar el folk, fue “Mr. Tambourine Man” de Dylan en manos de The Byrds y por cabezonería de Jim Dickson, la que abrió definitivamente la caja de los truenos.

Mc Guinn, primero Jim y después Roger, es, probablemente, uno de los guitarristas que por derecho propio ha hecho suyo el instrumento. Nadie como él ha conformado la discografía entera de una banda tan importante sin soltar el instrumento prácticamente nunca. Fue McGuinn el que, además de ser un formidable dominador de la técnica del fingerpicking, descubrió las posibilidades solistas, de verdad, del instrumento cuando en busca de su personal viaje psicodélico intentó emular el saxofón de John Coltrane, moviendo sus dedos lo más rápido posible en busca de la disonancia perfecta que diera alas al vuelo de Eight Miles High”.

Y aunque no es mérito exclusivamente suyo, ha sido gracias a Roger McGuinn – y probablemente a George Harrison- el hecho de que grandes guitarristas posteriores a The Byrds hayan utilizado guitarras de 12 cuerdas. Sin rebuscar demasiado, puedo citar a Alex Chilton y Chris Bell, Cyril Jordan y Chris Wilson, Tom Petty y Mike Campbell, Johnny Marr, Peter Buck, Richard Hawley, etcétera, como parte de la legión de fieles seguidores de los caminos que se abrieron gracias a Harrison y McGuinn.

Prácticamente en paralelo a la eclosión folkrockera, fue desarrollándose otro subgénero que brindaría no poca gloria a las 12 cuerdas: el power-pop. Una misma base sustentada en The Beatles y The Byrds que sirvió de rampa de lanzamiento a dos intenciones distintas; una más prosaica que la otra, aunque no menos disfrutable. No todo iba a ser poesía y riffs, también tenía que haber sitio para seguir hablando de amor adolescente y cosas por el estilo.

Fue Greg Shaw, en su celebérrimo artículo publicado en 1978 en BOMP!, el que diseccionó “científicamente” el origen y desarrollo del género. Shaw habla de The Who directamente, y de la producción de Shel Talmy indirectamente, como los pioneros en insuflar poder guitarrístico a las melodías pop. Sea como fuere, en algún lugar entre el rock británico hecho por y para mods (The Who, Small Faces, The Move, Creation…) en la se la segunda mitad de los sesenta y el garage norteamericano de la misma época, encontraron el caldo de cultivo las canciones pop tejidas en melodías pegadizas, de estribillos  luminiscentes y guitarras eufóricas, que fueron convirtiéndose, poco a poco, en apisonadoras, hasta la publicación de “Go All The Way” de The Raspberries en 1972, cuando la canción, como elemento esencial en la música popular, fue abierta en canal a base de riffs de guitarra.

La entusiasta Cleveland (Ohio) ardía por los cuatro costados al ritmo que marcaban Eric Carmen y los suyos. Una fogosa escena que de alguna manera fue prendida por la actitud mod de The Choir y los acordes “garageros” de la guitarra de 12 cuerdas que abre el sempiterno “It’s Cold Outside”. The Raspberries no eran ni más ni menos que The Choir, más Carmen, con mullet en vez de flequillos y pantalones que empezaban a acampanarse. Según Shaw, Cleveland, la pequeña ciudad del Midwest asentada a orillas del lago Erie, estuvo a punto de convertirse en el Liverpool de los setenta, ya que The Raspberries y su apabullante pop, así como el entusiasmo que desataron, se adelantaron unos años a los patrones musicales por lo que se guiaron una buena parte de las bandas de la new wave a ambos lados del Atlántico, poco después.

Menos suerte corrieron Big Star, otros aficionados a las melodías perfectas y a las guitarras de 12 cuerdas, sobre todo acústicas. Formados en Memphis (Tennessee) a principios de los 70, con Alex Chilton y Chris Bell como principales actores, su propuesta era más Beatles, más Byrds, guitarras menos guerreras pero acabados más pulidos, relucientes canciones pop atemporales y luminosas que pasaron casi desapercibidos a los oídos de sus contemporáneos.  Pese a tener a buena parte de la crítica, sobre todo norteamericana, rendida a sus pies, sus álbumes no consiguieron, ni de lejos, las ventas de The Raspberries.

No obstante, mientras, en Reino Unido encontrábamos, apadrinados nada más y nada menos que por The Beatles, a Badfinger, la banda del prematuramente malogrado Peter Ham. Formados en Swansea (Gales – UK) a mediados de los 60, en 1971 publicaron una de las “quintaesencias” del power-pop: “Baby Blue”. Aquí las guitarras son brillantes y están tan rotas como el corazón de Ham, aunque no apabullan y no son de 12 cuerdas –quizás las acústicas-, aunque era obligatorio mencionarla. La melodía no tiene fin. Ham podría haber seguido hilando versos de desamor hasta hartarse y nosotros habríamos seguido disfrutando.

Tras The Raspberries, Big Star y Badfinger como agitadores principales del género en la primera mitad de la década de los 70, se precipitaron los años dorados del power pop, y algunos de los más memorables riffs de eléctricas de 12 cuerdas… “What I Like About You” (1980) The Romantics, “A Million Miles Away” (1981) The Plimsouls, “Radio Free Europe” (1983) R.E.M… y un largo etcetera. Mención aparte merecen The Flamin´ Groovies que grabaron dos de las canciones más importantes de los 70, “Shake Some Action” y “You Tore Me Down”, la segunda al menos con presencia importante de 12 cuerdas, en 1972 pero no fue hasta 1976 cuando fueron presentadas en un álbum que aún sonando a Beatles por los cuatro costados, habría tenido un hueco indiscutible entre los grandes nombres del power-pop de la década antes citados. 

Además de los músicos mencionados a lo largo de este texto, no deberíamos acabar sin hablar de algunos casos peculiares.

Jimmy Page, encontró en la Gibson EDS-1275 Doubleneck la solución perfecta para poder interpretar en directo “Starway To Heaven”. Esta guitarra es de doble mástil, 6 y 12 cuerdas, y se asocia claramente a la imagen del guitarrista de Led Zeppelin. Al margen de la funcionalidad que Page encontró en dicho modelo, su estética es muy poderosa. No en vano, algún estilista que no sabía muy bien lo que hacía aconsejó a  Elvis Presley que empuñara una EDS-1275 Doubleneck para una sesión fotográfica.

También son curiosos los casos de David Bowie y Fred “Sonic” Smith de MC5. No es raro leer que Bowie solía usar las acústicas con solo seis cuerdas, al igual que el guitarrista de MC5 Fred “Sonic” Smith que usaba una Rickenbacker 450-12, un modelo sólido, con solo seis cuerdas.

A partir de aquí, nuestra protagonista, la guitarra de 12 cuerdas vivirá sus mayores días de gloria, al menos, en su versión eléctrica. Fabricantes americanos (Rickenbacker, Fender, Gibson, Danelectro, etcétera) y europeos (Vox, Burns…) no han dejado de producir guitarras de 12 cuerdas con la excepción de algunos lapsos de tiempo.

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